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Las Guerras Feéricas

Nadie en los Dos Continentes sabe a ciencia cierta cuándo emergieron los elfos, trayendo consigo una magia maravillosa y poderosa que había sido desconocida hasta entonces. Ni siquiera ellos. Sólo se sabe que los enanos y los primeros humanos ya estaban allí, cuando ellos nacieron. Los Elfos no aparecieron en un único lugar, sino que se desarrollaron a partir de los feéricos menores en los diversos ecosistemas del Continente Norte, y los hubo que se establecieron en el Largo Mar. Se parecían mucho a los feéricos de los que provenían, si bien crecieron en tamaño, en inteligencia, y desarrollaron un lenguaje articulado que les permitió expresar así su amor por el mundo y el conocimiento y les abrió las puertas al uso de la magia de la que estaban, en gran parte, hechos. De las dríades emergieron los Elfos de los Bosques, de los silfos del fuego y las rocas los Elfos Ígneos y de las Rocas; de las ondinas y oceánides nacieron los Elfos del Agua y de las sílfides aladas los Elfos del Aire. De los Elfos de la Noche y de la Niebla se desconoce su origen, y su tuvieron algún antepasado feérico ya no se lo conoce en ninguno de los Dos Continentes. Durante muchos milenios los elfos habitaron en paz en la tierra, cuidándola, respetándola y venerándola como sólo los feéricos sabían, y fueron creando sus hermosos reductos de paz: Siarta, Quersis, Greisan, Vulcania, Lago de Plata, Casa del Mar y Boreanas, ajenos de que en el Continente Sur el mundo ya estaba empezando a cambiar debido a las disputas y guerras.

Pocos fueron los elfos que abandonaron sus propias tierras, pero fueron estos los que, sin saberlo, propiciaron las Guerras Feéricas que enfrentarían a los elfos entre sí. También serían ellos los que provocarían la aparición de los Altos humanos, y las posteriores Guerras de la Magia y la aparición de los Nigromantes, aunque eso se explica en otro lugar. Las Guerras Feéricas estremecieron el mundo, fue la guerra más colosal habida en la historia de los Dos Continentes, pero también la más desconocida para los mortales, que no participaron en ella. El mundo, al que los elfos amaban, se dolió poco de la enemistad que enfrentó a sus hijos más bellos.

Sin embargo al principio, la amistad entre los distintos elfos fue motivo de regocijo para ellos, porque cuando los elfos de las diferentes razas se descubrieron entre sí, entendieron pronto que pese a ser diferentes, los unía el concepto de especie. Y así hubo un tiempo de feliz descubrimiento, de idas y venidas entre el norte y el sur, el este y el oeste, el mar y los lagos, que enriqueció grandemente a esta familia que se reencontraba por primera vez. Mas la paz no dura siempre, y poco a poco fueron revelándose las desconfianzas que habían estado latiendo bajo aquella calma aparente. Porque los Elfos se reconocían similares, pero se sabían muy diferentes.

Los Elfos de los Bosques temieron pronto el fuego devastador de los Elfos Ígneos, los Elfos del Mar se sintieron amenazados por los Elfos de los Lagos, pese a que éstos eran muy pocos y se hallaban lejos del mar; los Elfos del Aire desconfiaron de los fríos Elfos de las Rocas, sus más cercanos vecinos, y los observaron con recelo. Y todos ellos temieron a su vez a los Elfos de la Noche que, recogidos en el frío Norte pese a ser cálidos, fueron siempre los más poderosos e inteligentes de cuantos feéricos habitaron alguna vez la tierra. También fueron los únicos que se hicieron íntimos amigos de los Enanos, que regalaron a sus amigos Inmortales del Norte su más preciada obra de arquitectura, el palacio en la montaña de Siarta en el que más tarde se lucharía por la paz del mundo.

Pronto las muestras de amistad fueron revestidas de tintes de espionaje, las visitas se ensombrecieron con conversaciones tensas, y las palabras cordiales llevaron el estigma de evasivas y tergiversaciones; eran los elfos seres demasiado inteligentes para creer a salvo sus hogares, y el temor a la guerra los llevó al final a sumirse en ella. Las primeras batallas empezaron poco después, y se derramó sangre violentamente en el Continente Norte por vez primera. Y sin embargo, pese a la brutalidad del combate, pocos de entre los Humanos del Sur y aún de entre los enanos del Norte, llegaron a ser conscientes de que semejante barbarie se estaba produciendo entre los Inmortales. Fueron enfrentamientos duros, largos y cruentos los de los Altos Feéricos, pues los elfos de las diversas razas se acechaban unos a otros con todos sus dones y su magia. Los Elfos de las Rocas podían pasar días convertidos en piedra, esperando a sus presas, los Elfos del Aire siempre sabían dónde se escondían sus enemigos gracias a su capacidad para sobrevolar la tierra. Los Elfos del Agua ahogaban a sus oponentes, los Elfos de los Bosques los hundían en lo más profundo de los bosques, y la noche era de los Elfos de Siarta, que se deslizaban por doquier como sombras letales.

Muchos elfos de todas las razas perecieron en aquel entonces, menguando sus poblaciones, perdiendo a sus dirigentes y a las Familias Antiguas, empujándose a la destrucción mutuamente. Los primeros en darse cuenta de que con el afán de protegerse, se estaban extinguiendo lentamente, fueron los Elfos de la Noche, que se retiraron de la guerra y volvieron al lejano Norte sin salir más en mucho tiempo. Sucedió entonces que volvieron a levantar los ojos hacia las estrellas, las que los dotaban de su esencia, y que en ellas leyeron el gran peligro que se avecinaba en un futuro incierto. Todos estaban en peligro. Por ello fueron los Elfos de Siarta los que con ánimo generoso y comedido, se acercaron a sus parientes en son de paz para advertirles de que la verdadera amenaza no provenía de feérico alguno, y que no tardaría en llegar.

No les fue difícil instaurar la paz entre sus hermanos en la magia y la inmortalidad, pues todos se apenaban de las batallas, las muertes, las pérdidas y la constante despoblación de sus hogares. Hasta tal punto sufrieron los elfos con su innecesaria belicosidad, y siempre la recordaron con vergüenza y amargura.

Sin embargo siempre quedó entre los Elfos el resquemor de una discusión interrumpida, de la necesidad de saber quiénes entre ellos habrían doblegado a los demás. Y pese a que afianzaron su amistad, estrecharon lazos e incluso se unieron en algunos casos dando lugar a elfos mestizos, se sintieron disparejos para siempre. Y si se mantuvieron fuertemente unidos, fue sólo en los momentos en que la amenaza se hacía patente. Varias veces sucedió que tuvieron que unirse para protegerse a ellos y a la naturaleza, y en todas ellas fue el esfuerzo y la sabiduría de los Elfos de la Noche los que los llevó de nuevo a la seguridad de la paz. Hasta tal punto se consagraron los elfos de Siarta a la seguridad de todo su pueblo, que se convirtieron en Señores de todo el Pueblo Elfo. Y lo siguieron siendo después, porque bajo la aparente calma la amenaza creció y se agravó, emergió del sur y se expandió por el mundo, hasta que todos los feéricos vieron peligrar sus vidas e incluso la de toda la tierra que amaban. En las estrellas se leyó entonces la Última Profecía, que hilaría la vida de muchos en la senda final hacia el bien o el mal...

 


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